Tanzania
22 julio, 2018 Indie
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Por Lifestyle, Travel

Tanzania es un país que lo tiene todo a los ojos de un turista. Tiene abundantes animales salvajes que pueden conocerse en las planicies del parque nacional de Serengeti, el área de conservación de Ngorongoro, el Lago Manyara, entre otros sitios de safari al norte del país. Tiene paisajes montañosos que invitan -a los más aventureros (y entrenados)- a subir al impactante Monte Kilimanjaro, el más alto de África, o al Monte Meru, segundo más alto del país. También tiene islas paradisíacas como Zanzíbar, con agua cristalina, arena blanca, arrecifes de coral bastante sanos y peces de todo tipo y color.

La vegetación es casi tan atractiva y fascinante como los animales que habitan en la sabana; plantas con hojas enormes, muchas especies de palmeras, árboles hermosos como acacias y caoba… Pero, sin dudas, el componente más enriquecedor y atractivo del destino es la gente local y su cultura. En la región del norte de Tanzania, muchas personas pertenecen a la tribu Maasai (también existente en la vecina Kenia). Si bien algunas aldeas de esta tribu no escapan del circuito turístico, exhibiendo su cultura a cambio de 10 usd por persona (paseo ofrecido en Ngorongoro -no muy recomendable-), la mayoría siguen viviendo de forma más o menos parecida a la tradicional, separados del turismo. Nosotros tuvimos la oportunidad de contactar a Mosses, quien nació en una aldea Maasai y hoy vive en Arusha (una de las principales ciudades del país), a través de unos amigos uruguayos que lo conocieron en su viaje a África hace un par de años. Mosses nos llevó a conocer la aldea donde pasó su infancia y en la que ahora viven su abuela (kokoi, en su idioma), su madre, la tercera esposa de su padre y varios de sus hermanos. Las aldeas Maasai se constituyen por miembros de una misma familia; los hombres en general se casan más de una vez y tienen una choza por cada esposa. Las chozas son construidas por las mujeres, utilizando ramas y una mezcla de barro y excremento de vaca para las paredes y paja para el techo. Se alimentan mayormente de lo que cultivan y del ganado (vacas y cabras), siendo los principales componentes de su dieta el maíz, los porotos, la leche y la carne. Incluso usan los tallos y savia de las plantas que los rodean como medicina (por ejemplo, para el tratamiento de la malaria, dolor de estómago y quemaduras).

Cuando llegamos, todos los que estaban en la aldea vinieron a recibirnos con una sonrisa en el rostro, en particular los niños y niñas. Entre risas pícaras, una de las niñas me hace señas de que quiere ponerse mis lentes de sol y cuando se los doy, los observa, duda, intenta y se los pone al revés. Me mira sonriendo; clara señal de que era la primera vez que veía uno par de lentes. En cada choza nos reciben con un té con leche (chai) y choclos asados o hervidos, a los cuales no pudimos negarnos ya que es su forma de dar la bienvenida a su hogar.

Al siguiente día de conocer su aldea, fuimos con Mosses a la aldea en la que vive la familia de su esposa, donde pasamos dos días y una noche. La experiencia fue alucinante, nos hicieron sentir como unos más de ellos y se abrieron totalmente para mostrarnos sus tradiciones. El condimento especial fue que en estos días se celebraba el hecho de que los adolescentes de las aldeas se convertían en “guerreros”, quienes deben proteger a la aldea de los animales salvajes y también de eventuales robos de otras aldeas. Para convertirse en guerreros, los niños deben pasar por la circuncisión. Este hito es celebrado en todas las aldeas cada 7 años, y nosotros tuvimos la suerte de presenciarlo. De hecho, querían compartir cada detalle, por lo que nos hicieron mirar la intervención médica al igual que todo el resto de los presentes. Como debe ser en todas las celebraciones, no faltaban la música y el baile. En eso, nos mezclamos entre túnicas de colores al ritmo de 3 o 4 canciones que repetían continuamente, intentando imitar los saltos típicos del baile Maasai. Nos resultó muy curioso que los niños más chicos y bebés estaban asustados por nosotros -incluso hubo varios llantos- porque nunca habían visto un “muzungu” (como le llaman amigablemente a las personas de piel blanca, en swahili). Dado el evento especial, los hombres carnearon una vaca y mientras hacían el trabajo, otros cocinaban los trozos en una olla y nos lo ofrecían.

Fueron tres semanas en un país que no dejó de regalarnos momentos increíbles y difíciles de describir con palabras. Cada incómodo traslado en dala-dala (minibus que lleva 3 o 4 veces su capacidad de personas, incluso en el techo) valió la pena. Cada camino recorrido nos llevó al lugar donde teníamos que estar en el momento preciso (sin aludir justamente a la eficiencia del transporte publico). Cada intercambio dejó en nosotros un mensaje. Por todo esto y por lo que no se puede expresar, Tanzania se ganó el podio de los destinos más increíbles en los que estuvimos. ¡Habrá que volver por más!

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Por Carolina Balián y Martín Chiesa.